domingo, 21 de enero de 2024

Florecidas

  Margarita puede tener todas las flores que quiera. Aprendió la obediencia de su madre, Rosita, aunque es más bien entrega. En diminutivo, bien portadas, perfectamente educadas. 

Aprendió su personaje. Acepta las flores y sonríe como un laurel.

A veces quisiera encarar a las voces del optimismo y decirles “Dejame por favor estos minutos de autodesprecio, de pensar lo peor de mí, y después te prometo que vuelvo a quererme un poquito. Pero dejame estos instantes”. Quisiera decirles esto en calma, de frente, y que lo respetaran. Pero imagina las respuestas, las repercusiones, la pérdida de esa soledad que a veces está necesitando. 

En su casa las flores son perfectas, de plástico, para que nunca muestren decadencia.

Y por eso se queda en silencio. Por eso opta por alejarse un poco. A veces con un libro en mano (que sostiene delante de su cara sin leer realmente), o mirando distraídamente un menú (cuando ya decidió que pedirá el mismo café de siempre). 

Acostumbrada a esa estaticidad, una flor común la encanta. Se sobresalta. Es bellísima, pero imperfecta. Pétalos asimétricos, colores alterados. 

En un impulso la arranca. No es parte de su mundo, pero la guarda. Sabe que se secará, y aunque ya es naturaleza muerta, le saca una foto. No la comparte. No la postea. La guarda como un secreto. 

Su vida está llena de imágenes así. De bellezas ajenas y prohibidas. Construye su verdad desde fragmentos, pero aún es “Margarita”, así que cuida muy bien al personaje.




Se publicó en "Nuestros Escritores III", De S.A.D.E Filial Lomas de Zamora, RyC Editora 2023


Imperecedero

 Desde su más tierna infancia lo había escuchado. Y lo decían desde sus mayores, sus

docentes, hasta incluso sus amigos, “el tiempo no se compra”, “todo tiene un final”. Pero

la idea no lo convencía. Después de todo, en tantas historias que le habían contado, la

muerte era un castigo, y qué atroz merecer algo así! Tenía que haber otra salida.

Desde pequeño se mostró interesado en las ciencias, y en cuanto pudo, dirigió sus pasos

académicos hacia su objetivo: detener a la dama de negro.

Estudió medicina, química, farmacología, y fue desarrollando procedimientos para vencer

incluso lo impensable. Sabía que la Dama presentaría batalla, no sería fácil, pero fue

anticipándose para contener sus contraataques. Creó curas, pero también formas de

agilizar la creación de fármacos.

Incluso generó mejores modos de detener el envejecimiento, y métodos para frenar el

deterioro cognitivo. Esto le fue sumamente útil para mantenerse activo, aunque llegando a

sus ochenta, descartó esto, ya que creía que algunas cosas era mejor no entenderlas.

Pero claro que no había olvidado aquellas palabras, “no se compra”, así que

prudentemente patentó cada creación, y así fue haciéndose de unos millones. Se había

hecho fama muy pronto entre socios, y era muy fácil demostrar la efectividad de sus

tratamientos, ya que él mismo era la prueba viviente!

Cerca de su tercer centenario, llegó a estar rodeado de viejos ricos como él (aunque no

tan ricos, ya que le habían dado algunos millones para mantenerse allí). Todos se veían

considerablemente jóvenes, aunque en un mundo que no comprendían, con gente que no

les hablaba, y ya conociéndose demasiado entre ellos.

Una tarde, después de recibir otra cuota de millones que no sabía a qué destinar (ya que

en esa actualidad nadie valía la pena), tuvo una epifanía, y encontró en una antigua

herramienta a su más eficaz aliado.

Al final fue el cuchillo, aquel viejo cuchillo oxidado, el mejor de los métodos,

sorprendentemente económico y efectivo, para finalmente descansar en paz.


Se publicó en “Trazos Narrativos”, Antología de Puerta Blanca Ediciones, 2023