miércoles, 29 de octubre de 2025

Demisela

  Ella marcha mirando al frente. Ya no se fija en las miradas, permite que las miradas se le fijen. 

Ella marcha porque ya no quiere ocultarse y la ley es una necesidad urgente. 

Sabe que se amparan no en las sagradas escrituras sino en los sermones prefabricados.

Palabras que repiten mientras ella sigue marchando. Que reelaboran discursos ajenos mientras ella sigue coleccionando heridas y cicatrices.

Ella ve sangrar sus pies y sus costuras. Es ella junto con sus compañeras las que ahora sangran por la herida. Ironías del destino.

Sabe que el ministro volverá a dar su negativa y le dirán que ha sido en vano. 

Pero ella sigue porque sabe que se enriquecen así. 

Ese mismo ministro antes coleccionaba fortunas con procesos clandestinos. Ese mismo quiere verse pulcro delante de sus seguidores negándoles el cupo laboral. Ese mismo es el que rechaza su nombre, el de ella, el que tuvo que parir separándose de su familia. 

Pero ella avanza aún con su lágrima, y continúa. Ella avanza porque sí, tiene muchas razones que abraza, pero sobre todo porque el ministro es su padre, y sabe. Sabe que ella está ahí, y además sabe que ella sabe. 

Por eso avanza. Porque son miles, millones, y hoy es la única Democracia que importa.



Se publicó en “La Ola Imparable”, participación destacada, Ed. Tahiel, 2021

domingo, 31 de agosto de 2025

JUGAR

Juanito va buscando piedritas en la vereda. En realidad, cualquier otra cosa le serviría, pero cerca de su casa es lo más habitual. Cuando llegue a la ciudad capaz encuentre algo más colorido, como las tapitas de botella que tiran los transeúntes. Está lejos, primero tiene que tomar el tren. Tampoco está cerca de la estación, pero un colectivo supone un gasto que no puede permitirse, capaz a la vuelta, si logra reunir también para eso. Porque sí, tiene que ir a pedir, y si tiene suerte algún distraído capaz olvide un celular, o algo más que después le pueda dar a su hermano para vender. Pero lo que realmente busca no son los billetes, sino piedritas, o después tapitas. Porque Juanito tiene seis años. Porque sí, va a la escuela algunos días, para al menos poder leer, pero también necesita eso. Necesita jugar, y eso no se lo pueden dar en el tren. Solamente espera juntar lo necesario para un par de medias. Porque hace frío, y las necesita, pero principalmente porque va a poder comprarle también un par a sus hermanitas, y así podrán deshacerse de las más viejas y rotas. Aunque deshacerse es un decir. Es más bien transformarlas en pelota, y entonces sí va a poder jugar bien! Pero es temprano, hace frío, y por ahora se conforma con las piedritas. Va con la cabeza gacha para buscarlas, pero también para que no le vean la cara. Porque ya saben que tiene que vivir de lo que consiga, y lo señalan por estar ahí, peleándola.

Aunque si tiene mucha suerte, capaz por la estación, encuentre una tapita de las rojas, con las que el jueguito le sale mejor.


Cuento seleccionado para la antología "En lo alto de la mirada" de la Editorial Petricor, 2025

lunes, 13 de enero de 2025

TRESILLOS

 Cuando Liliana desmejoró hubo que internarla rápidamente. Sus hijos la acompañaron y se quedaron a su lado todo el tiempo. Ella sentía que le quedaba poco tiempo, pero por alguna razón, al estar ellos presentes, sentía algo más de fuerza. Una tarde fue decisiva. Ella sintió que no volvería a verlos y se despidió a su modo. Ambos entendieron, y por eso se miraron entre sí un largo rato. Su madre sabía que los gemelos idénticos manejaban una suerte de telepatía, aunque con ellos llegaba a sorprenderla cómo prescindían de palabras la mayor parte del tiempo. Los había nombrado con nombres bien diferentes (no le agradaban los casos que conocía en que tenían nombres muy similares), y los vestía distinto desde siempre, pero ellos seguían demostrando tener una unión que escapaba a su comprensión.

Tras media semana (o lo que a ella le parecieron tres o cuatro días) se le oscureció la mirada, y solamente deseaba que no la vieran partir. Lo último que vio fue una lágrima caer de una de sus caras, aunque no la miraban a ella, sino entre ellos.

Al día siguiente se despertó. Estaba sorprendida, y se sentía extraña. Más fuerte de lo que se había sentido en mucho tiempo. David, uno de sus hijos, se acercó rápidamente. Pudo acariciarlo y le preguntó por Migel, su hermano. Le dijo que estaría bien pronto. Sólo habían tenido que revisarlo. 

Más tarde el médico que la atendía le dijo que en realidad su hijo había tenido un paro, pero había sido breve, lo habían reanimado, y ahora solamente le esperaban unos días de observación. Algo extraño, pero posible en casos de estrés. Es muy común que en el caso de gemelos uno no sea tan fuerte. Ella pensó que ese siempre había sido David, pero omitió el comentario. 

Al regresar a casa vio a los jóvenes detenidamente. Algo había cambiado pero no podía identificar qué. Solamente pudo pensar en su viejo amigo obstetra. No lo veía desde el embarazo, cuando había tenido que derivarla por temas personales.

Él la recibió en su casa. Le preguntó por el padre de los chicos (ausente ya hacía mucho), y finalmente le preguntó por “el trío dinámico”. 

_ Te estás confundiendo. Mi embarazo múltiple era de dos.

_ No Lili, los trigemelos son algo muy extraordinario, no me confundiría… 

_ No…

Él se veía confundido, pero Liliana sintió una suerte de epifanía.


Volvió a su casa sintiéndose mareada, a punto de desvanecerse. Sin levantar la voz,para no llamar la atención, como en un susurro, dijo “Miguel”. La reacción fue tardía, y hasta le pareció que su hermano le indicaba que debía mirarla. 

Miguel siempre había sido el más fuerte, el más decidido, quien parecía tener el doble de poder. Y ahora era él, ese extraño que la miraba a destiempo, quien se veía igual que su hijo, sólo por un detalle, lo que la había estado perturbando. El chico ya no llevaba su doble fortaleza, ni aquel extraño lunar. 

Esa noche, mientras se dormía, escuchó un sonido de guitarra. David había vuelto a practicar, e intentaba enseñarle algo a su hermano. No entendía mucho de lo que hacían, pero sí escuchó lo fundamental. Era una nueva pieza compuesta por tresillos. Esa figura que coloca tres (generalmente corcheas) en un espacio de dos.



Cuento seleccionado para la antología "Los Hermanos sean Unidos" de la Editorial Petricor, 2024

LA TUNDRA

 La inestabilidad no es nada nuevo, y cuando no nacés en plena ciudad, es más común ver las polaridades. Personalmente me tocó nacer en “los suburbios”, como les gusta decir a mis compis, pero para nosotros era hablar de “la tundra”. Cuando nacés en la tundra, podés ser rico, o estar en la miseria, y por esas cosas de los dados, a mí no me tocó tener la cuna de oro.

Desde muy chica me di cuenta de que yo era “la sobra”. A nadie le importaba que estuviera. Aunque sí bastaba que una de las “nenas bien” dijera algo, para tener a todos alrededor. Por eso hice desastres en las escuelas a las que fui. Para tener algo de atención, y también para migrar. Finalmente logré empezar la secundaria en una escuela donde no me conocía nadie. 

Ya había aprendido a aclararme el pelo, y con los problemas que había en casa nadie notó que hacía días que no comía. Porque sí, mamá estaba a cargo de la farmacia, porque la mención de los dados al inicio no fue algo azaroso. Mi viejo había vuelto a apostar, y también fue parte de las razones por las que estábamos atados a la carencia. 

Pero cuando empecé en la secundaria me las arreglé para salir última (la mayoría no sabía ni mi nombre, mucho menos donde vivía). Ya flaca y rubia no me costó hacerme de un novio más grande, y al menos él me iba llevando a algunos lugares interesantes. 

Una vez me quedé más tiempo con él y cuando llegué a casa mi viejo me atacó. Después del primer golpe mamá me quiso defender y casi la mata. 

Estuve una semana diciendo que me había enfermado para no ver a nadie. Después con maquillaje me fui tapando. 

Finalmente llegó fin de año, y me había decidido. Si lograba sostener el personaje un poco más, quizás pudiera mudarme con Marcos (se iba a ir a Buenos Aires, y con eso no iba a volver a ese lugar). Solamente quería huir. Pero llegué un poco más temprano a la fiesta, y lo vi apretándose con Valeria, la única que creía mi amiga. 

Ella me vio. Yo corrí. Me encerré en el primer baño que encontré. Lloraba pero no de dolor. Lo único que habían conocido era ese personaje estúpido que había creado para escaparme. Lloraba de ira. Por estar ahí, en ese baño inmundo, como el de mi casa, frente a ese espejo sucio, con la cartera manchada, y las medias corridas. Marcos golpeó la puerta. Seguro que Vanesa lo había puesto sobre aviso. Lo que siguiera iba a ser violento, así que elegí la huida. Salí por la ventana rota y me corté. No pude parar. Llegué a casa rengueando. Comprobé que perdía mucha sangre pero no me mareaba siquiera, así que corté las muñecas hasta que sangré lo suficiente como para asustar. Recién ahí grité. Le pedí llorando a mamá que nos fuéramos. Tenía un golpe nuevo y me imaginé que iba a seguirme. Nos fuimos a la casa de una tía.

Siguieron amenazas, pero también así seguimos un recorrido nómade. Cuando terminé la escuela le prometí a mamá que iba a estudiar. La última mentira que le dije. La última vez que la vi. 

En cuanto llegué a la ciudad volví a decolorar el pelo, me vestí lo más provocativa y hueca que pude, y me fui con el primero que vi con algo de plata. 

No estoy orgullosa de este camino, pero al menos no voy a volver a la tundra… 

Lo único que lamento es el personaje. Me creen esta imagen de hueca… Sé que mi marido (ya es el tercero) tuvo más amantes de las que puedo imaginarme, pero también me cree frígida, y no se imagina la cantidad de veces que me acosté con alguien más, solamente con el objetivo de satisfacer un poco mi ego. Ya hace años que no puedo hablar en serio con alguien, y es por eso que mis mejores amantes son los virtuales. Los que jamás me vieron pero saben que puedo pensar. Al final de esto se trata. Mantenerme viva en la medida de lo posible, mientras alimento a esta carcasa con lo mínimo, hasta que la construcción me termine de consumir.


Cuento finalista en el certamen "Cuento Corto" de Rotary Lomas Oeste 2023

Sus manos

El valor de un gesto

La respiración se le hacía pesada, y ya era muy poco lo que podía hablar. Los últimos días ya

nada. Solamente un quejido.

Nadie podía saber todo lo que ese lamento significaba. Yo misma apenas tenía una idea.

En ese momento me invadió el dolor, y deseaba un abrazo, una caricia. Una caricia como

alguna vez me había dado. Y entonces entendí. Sus manos. Sus manos que me habían

calmado. Sus manos que me habían abrigado.

Hubo un ruido del exterior y sus pulsaciones se aceleraron. Sus ojos ya no se abrían, pero

intenté tranquilizarla. Le empecé a hablar, y le di la mano, como un gesto de agradecimiento

y despedida. “No fue nada, algo que se cayó afuera, pero ahora ya está. Estás incómoda, pero

falta poquito”.

Sus pulsaciones fueron bajando otra vez hasta su nueva normalidad. Esa que no se

relacionaba con el exterior mundial, sino con su propio universo. Me estaba escuchando.

Le hablé un poco más hasta que se durmió (la respiración me lo decía).

Antes de irme le dediqué una última mirada, y una caricia en la mano.

De pequeña le había preguntado por sus cicatrices, por sus arrugas, y ahora eran el discurso

del adiós.

El régimen del aislamiento me mantuvo lejos unos días más, y no pude estar en su paso al

descanso. Pero sí durante meses le sostuve la mano por horas, y ese calor queda en mí como

un abrazo.

Dicen que sobre el final nuestra vida pasa delante de los ojos. Yo solamente puedo saber que

al tomar su mano veía pasar los momentos compartidos, y bastaba para seguir sosteniéndola.

Las tardes compartidas. Aprender a amasar, tejer, y narrar.

Todo se condensaba en esos instantes, y aunque la cuidaba, sentía que me seguía dejando

más.

Las noches mirando las estrellas cobraban otro sentido.

Y como ya no me escuchaba le dije todo de ese modo.

Su vida se apagaba y solamente podía quedarme así. Refugiándome en ese gesto. En sus

manos.


Cuento finalista en el certamen "Cuento Corto" de Rotary Lomas Oeste