La inestabilidad no es nada nuevo, y cuando no nacés en plena ciudad, es más común ver las polaridades. Personalmente me tocó nacer en “los suburbios”, como les gusta decir a mis compis, pero para nosotros era hablar de “la tundra”. Cuando nacés en la tundra, podés ser rico, o estar en la miseria, y por esas cosas de los dados, a mí no me tocó tener la cuna de oro.
Desde muy chica me di cuenta de que yo era “la sobra”. A nadie le importaba que estuviera. Aunque sí bastaba que una de las “nenas bien” dijera algo, para tener a todos alrededor. Por eso hice desastres en las escuelas a las que fui. Para tener algo de atención, y también para migrar. Finalmente logré empezar la secundaria en una escuela donde no me conocía nadie.
Ya había aprendido a aclararme el pelo, y con los problemas que había en casa nadie notó que hacía días que no comía. Porque sí, mamá estaba a cargo de la farmacia, porque la mención de los dados al inicio no fue algo azaroso. Mi viejo había vuelto a apostar, y también fue parte de las razones por las que estábamos atados a la carencia.
Pero cuando empecé en la secundaria me las arreglé para salir última (la mayoría no sabía ni mi nombre, mucho menos donde vivía). Ya flaca y rubia no me costó hacerme de un novio más grande, y al menos él me iba llevando a algunos lugares interesantes.
Una vez me quedé más tiempo con él y cuando llegué a casa mi viejo me atacó. Después del primer golpe mamá me quiso defender y casi la mata.
Estuve una semana diciendo que me había enfermado para no ver a nadie. Después con maquillaje me fui tapando.
Finalmente llegó fin de año, y me había decidido. Si lograba sostener el personaje un poco más, quizás pudiera mudarme con Marcos (se iba a ir a Buenos Aires, y con eso no iba a volver a ese lugar). Solamente quería huir. Pero llegué un poco más temprano a la fiesta, y lo vi apretándose con Valeria, la única que creía mi amiga.
Ella me vio. Yo corrí. Me encerré en el primer baño que encontré. Lloraba pero no de dolor. Lo único que habían conocido era ese personaje estúpido que había creado para escaparme. Lloraba de ira. Por estar ahí, en ese baño inmundo, como el de mi casa, frente a ese espejo sucio, con la cartera manchada, y las medias corridas. Marcos golpeó la puerta. Seguro que Vanesa lo había puesto sobre aviso. Lo que siguiera iba a ser violento, así que elegí la huida. Salí por la ventana rota y me corté. No pude parar. Llegué a casa rengueando. Comprobé que perdía mucha sangre pero no me mareaba siquiera, así que corté las muñecas hasta que sangré lo suficiente como para asustar. Recién ahí grité. Le pedí llorando a mamá que nos fuéramos. Tenía un golpe nuevo y me imaginé que iba a seguirme. Nos fuimos a la casa de una tía.
Siguieron amenazas, pero también así seguimos un recorrido nómade. Cuando terminé la escuela le prometí a mamá que iba a estudiar. La última mentira que le dije. La última vez que la vi.
En cuanto llegué a la ciudad volví a decolorar el pelo, me vestí lo más provocativa y hueca que pude, y me fui con el primero que vi con algo de plata.
No estoy orgullosa de este camino, pero al menos no voy a volver a la tundra…
Lo único que lamento es el personaje. Me creen esta imagen de hueca… Sé que mi marido (ya es el tercero) tuvo más amantes de las que puedo imaginarme, pero también me cree frígida, y no se imagina la cantidad de veces que me acosté con alguien más, solamente con el objetivo de satisfacer un poco mi ego. Ya hace años que no puedo hablar en serio con alguien, y es por eso que mis mejores amantes son los virtuales. Los que jamás me vieron pero saben que puedo pensar. Al final de esto se trata. Mantenerme viva en la medida de lo posible, mientras alimento a esta carcasa con lo mínimo, hasta que la construcción me termine de consumir.
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