El valor de un gesto
La respiración se le hacía pesada, y ya era muy poco lo que podía hablar. Los últimos días ya
nada. Solamente un quejido.
Nadie podía saber todo lo que ese lamento significaba. Yo misma apenas tenía una idea.
En ese momento me invadió el dolor, y deseaba un abrazo, una caricia. Una caricia como
alguna vez me había dado. Y entonces entendí. Sus manos. Sus manos que me habían
calmado. Sus manos que me habían abrigado.
Hubo un ruido del exterior y sus pulsaciones se aceleraron. Sus ojos ya no se abrían, pero
intenté tranquilizarla. Le empecé a hablar, y le di la mano, como un gesto de agradecimiento
y despedida. “No fue nada, algo que se cayó afuera, pero ahora ya está. Estás incómoda, pero
falta poquito”.
Sus pulsaciones fueron bajando otra vez hasta su nueva normalidad. Esa que no se
relacionaba con el exterior mundial, sino con su propio universo. Me estaba escuchando.
Le hablé un poco más hasta que se durmió (la respiración me lo decía).
Antes de irme le dediqué una última mirada, y una caricia en la mano.
De pequeña le había preguntado por sus cicatrices, por sus arrugas, y ahora eran el discurso
del adiós.
El régimen del aislamiento me mantuvo lejos unos días más, y no pude estar en su paso al
descanso. Pero sí durante meses le sostuve la mano por horas, y ese calor queda en mí como
un abrazo.
Dicen que sobre el final nuestra vida pasa delante de los ojos. Yo solamente puedo saber que
al tomar su mano veía pasar los momentos compartidos, y bastaba para seguir sosteniéndola.
Las tardes compartidas. Aprender a amasar, tejer, y narrar.
Todo se condensaba en esos instantes, y aunque la cuidaba, sentía que me seguía dejando
más.
Las noches mirando las estrellas cobraban otro sentido.
Y como ya no me escuchaba le dije todo de ese modo.
Su vida se apagaba y solamente podía quedarme así. Refugiándome en ese gesto. En sus
manos.
Cuento finalista en el certamen "Cuento Corto" de Rotary Lomas Oeste
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