El cuchillo siempre había estado ahí. Siempre lo había mirado con temor a la tentación, pero había jurado que jamás se mancharía de rojo. No heredaría el crimen de sus antepasados.
Lo había jurado, pero ahora el tirano se lo ordenaba y tenía que obedecer. Sintió que su vida daba un giro desgraciado en ese instante. Prosiguió. El cuchillo se hundió, y aunque lo hacía con los ojos cerrados sabía que eso era una masacre. Veía la blancura mutilada, y quería llorar.
Al terminar quiso jurar que no se repetiría, pero el tirano la había visto ceder, y sabía que al cabo de algún tiempo se lo ordenaría nuevamente.
Y se preparó para seguir almorzando, pero maldiciendo ese día, y al maldito cuchillo, y al maldito tirano del tiempo, que le había hecho quebrar uno de sus más firmes mandamientos.
No cortarás los tallarines.
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