Siempre me habían dicho que no lo intentara. Ya lo sé. Desde que recuerdo, me mueve la curiosidad, y desde mis padres, hasta mis docentes, me habían advertido que los juegos tenían límites. Yo no entendía a qué se referían. Después de todo, por más que jugara a explorar la selva entre algunos matorrales, o derrotara imperios matando insectos, no perjudicaba a nadie en realidad.
Pero unos años después, me empecé a interesar por el espiritismo, otras dimensiones, y vi que aumentaba el nivel de alarma en mi familia. Descubrir que aquello era lo prohibido me incentivó a buscar más. Descubrí muchas más leyendas de las que esperaba, aunque la mayoría me resultaban inverosímiles. Sobre todo, lo referido a una raza salvaje, que, aunque no pudiéramos ver, era capaz de destruirnos. No lo creí, pero quise buscar igual. Me valí de todos los recursos, y llegué a percibir algunas cosas, pero lo adjudiqué a mi imaginación.
Por fin, desde ejercicios de meditación, pude ver claramente algo. Me decepcionó ver que no era un mundo tan distinto al nuestro, pero tenía sentido. Por eso se movían como nosotros.
Sentí mucha curiosidad, y volví a conectarme varias veces. Pero la última vez, algo me asustó, y cuando quise salir del trance, hice algo mal. En lugar de regresar, una fuerza me hizo cruzar el umbral a su mundo, a la vista de parte de una manada que se acercó rápidamente. Se veían feroces, así que huí, ocultándome en un sitio oscuro. Y luego vi que aquellos monstruos eran en realidad los más pequeños, porque había mucho mayores. Y escribo esto esperando que llegue a alguien capaz de auxiliarme. Todavía estoy en este extraño habitáculo al que llaman “ropero”, y sólo me asomo cuando esos malditos “humanos” reposan, para alimentarme levemente del aire que exhalan.
Se publicó en “S XXI”, Ed. Tahiel, 2019
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