No todos tienen el don, así que asumí que era mi deber. Desde el momento de descubrirlo,
había aprovechado esta cualidad. Claro que podía entretenerme, y a veces lo hacía; pero
también era una gran forma de protegerme y proteger. Al principio, mis amigos se rieron, pero
poco a poco pude demostrarles que hablaba en serio. Una vez que no me escucharon,
presenciaron el final un choque múltiple, y un auto terminó estrellado a centímetros de ellos.
De hecho, habrían sido aplastados de no ser por Pablo, que había tropezado poco antes.
Después de eso, sin verlo, pude describir exactamente la herida, y así se los demostré. Él no
había tropezado, sino que yo les había pedido a los udendes que lo hicieran para que no
salieran heridos de gravedad en el accidente. Después de eso, no me hablaron por unos días,
pero después fueron confiando más en mí, y ahora soy su guardián. Ahora me preguntan por
dónde ir, o si es que hay algún peligro cerca. Es cierto que al principio me habían dejado solo, y
ahí había sido cuando los udendes, además de haberse manifestado, me habían recibido y
aceptado entre ellos. Bendita inocencia… Creen que todo sigue igual, y me quieren. Pero ya
casi he completado el ritual. Mañana seré uno de ellos, cuando dirija a los chicos a la guarida, y
tengamos nuestra primera cena juntos, alimentándonos de sus carnes.
Se publicó en “Umbra. Relatos de terror”, Ed. Tahiel, 2020
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